|

Heredó un joyón

El amor y admiración que Johan Ramírez siente por el carro van más allá de lo que muchos imaginan, porque además de ser un legítimo chuzo es toda una reliquia que heredó del papá.

Hace siete años el padre de Ramírez pasó a mejor vida por lo que el Ford Mustang II, modelo 74 que siempre estuvo en la cochera acumulando polvo llegó a las manos de este vecino de Barva de Heredia, quien lo convirtió en un proyecto que ahora lo llena de orgullo y en una manera de recordar al “tata”.

El tono, la manera y la forma como el dueño habla de este carrito, enseñan que para él es mucho más que un auto, es todo un monumento a la nostalgia y el cariño.

Los resultados, tras una restauración que duró seis años fueron tan satisfactorios que Johan admite que primero soltaría a una chavala antes que a la nave.

“Güilas hay muchas pero como este carro ninguno”, indicó.

El herediano invirtió no solo en el cambio de motor, sino en los aros, la caja de cambios y la tapicería .

También lo pintó de azul porque se inspiró en un Subarú Impreza que vio en la calle para dejarlo como un ajito y procurar que quedara lo más parecido posible al modelo original, porque la magia está en mantenerle el estilo clásico.

“Tengo que hacerle números para saber cuánto se gastó porque no sé todavía, pero sí estamos hablando de millones; fue bastante”, explicó el orgulloso dueño, quien destaca que el valor más grande del carro es el sentimental, por lo que no tiene precio.

“A mí me ofrecen ¢20 o ¢30 millones y qué va, no lo vendo”, insistió.

Lo más curioso que Ramírez encuentra en el chuzo es que sea un modelo casi único, porque solamente ha logrado ver uno similar de color negro, en Santo Domingo de Heredia.

Para pasear. Este vendedor de licores, de 33 años, solo los fines de semana sale con su chuzo a repartir veneno y a recolectar halagos en las calles de la Provincia de las Flores.

El carro es como si fuera un chaine fino, solo lo usa en días especiales para no exigirle mucho al motor ni a la carrocería y tenerlo bien cuidadito.

El resto de los días maneja otra nave.

“Tener un carro de estos cuesta mucho, es una inversión fuerte. Cualquier luz, repuesto o insignia hay que pedirla por Internet porque acá en el país no hay nada, por eso solo lo uso para pasear los fines de semana o llevarlo los lunes a La Guácima”, contó Ramírez.

Al autódromo alajuelense la nave solo llega para lucirse porque ni loco se atrevería a tirarla a pista, para enfrentar algún pique.

Comenta el orgulloso dueño que la gente siempre le dice que el carro es muy bonito y que constantemente le hacen preguntas sobre él. También se le acerca una que otra chamaca, por ese pegue que tienen los carros clásicos.

“A veces me ha jalado una que otra chiquilla y yo, como soy soltero, no tengo porqué preocuparme, aunque a muchas ahora les gustan los carros nuevos y al montarse en uno sin aire acondicionado, sin esto o lo otro, alguna se agüeva, pero a la mayoría de la gente le cuadra mucho el carro”, relató.

A la hora de viajar solamente lo acompañan una o dos personas, a pesar de que el chuzo es para cuatro campos y rara vez sale del Área Metropolitana.

Lo que nunca hace es ceder el volante porque, a excepción de su hermano, quien le ayudó a “chanearlo”, nadie está autorizado a andar el carro.

Sin embargo, tanto a chiquillas como a amigos que lo quieren ver el solo dice: “Ahí está la puerta, es solo cuestión de que la abran”.

Espabílese

¿Cómo puedo saber si los compensadores de mi carro están malos?

“Generalmente al conducir por una calle en mal estado o al caer en un hueco, estos producen un sonido como de golpe fuerte y los compensadores derraman aceite. Si ve los compensadores mojados por el aceite hay que reemplazarlos y hay que cambiarlos en pares como mínimo. Esto quiere decir que si se daña uno solo hay que cambiar el otro aunque no esté del todo malo, ya sea los traseros o los delanteros, pero siempre en parejas”, explicó el mecánico Bryan Guido (detalles al 8603- 5135).

Rellene los campos para enviar el contenido por coreo electrónico.

Enviar:

Noticia La Teja: Heredó un joyón